miércoles, 1 de junio de 2016

Romina

UNL
Licenciatura en Educación Inicial y Primeras Infancias
Seminario: Alfabetización
Profesores: Baldengo / Arias
Alumna: Pfirter, Romina Julieta
Cohorte: 2014
Año: 2016

                Para esta actividad se nos ofrecieron dos lecturas, por un lado, la de Jorge Luis Borges y su escrito “El Libro”, y por otro, una recopilación de fragmentos del libro “Las Palabras” de Jean Paul Sartre. La consigna habla de “reescribir el texto” y siendo sincera, nunca creo haberlo hecho. En los diferentes momentos de escolarización, sea escuela primaria o secundaria (podría decirse que en el terciario también), tuve actividades que consistían en leer un texto y “extraer lo más importante” (¿qué será lo que consideran como importante? ¿para quién es importante?), pero no creo que signifique lo mismo que reescribir un texto. Entonces lo que hare en esta oportunidad será (desde mi criterio e interpretación de la consigna) brindarle al lector (¡¿LECTOR?? ¿DE ALGO QUE ESCRIBÍ YO?!) aquellas citas, frases o palabras que son claves no sólo en el texto, si no en la vida misma, es decir, reconocer en Borges (porque ese es el escrito que elegí para trabajar) lo que me pasa a mí: lo que siento, lo que recuerdo, lo que pienso…
            
    Y hablando de pensar, ¿qué pensé cuando elegí Borges?... Pensé… ¿quién soy yo para no poder leer Borges? ¿Borges es una lectura que requiere mucha carga intelectual en cuanto a literatura? y varios interrogantes que influyeron en esa decisión.  Y simplemente me decidí a comenzar la lectura, con mucha actitud, pensando que sí puedo. Si bien es un texto de una lectura amena, atrapante, que te invita a seguir leyendo, de a partes me dejaba de llamar la atención. ¿Por qué? Porque historias como Pitágoras, Cesar y Cleopatra no son algo que me gusten, ni me despierten curiosidad. Pero todo tiene su porqué pienso yo, es decir, si Borges no enunciaba esos nombres no tendría sentido lo que trata de explicar y hacernos entender a nosotros, los lectores.
                Borges nos habla, en primer lugar (teniendo en cuenta el criterio de selección personal que enuncie más arriba) de las valoraciones que pueden tener los libros. Y es verdad, puede tener muchas y variadas. Eso lo reconozco en momentos en los que se puede llegar a discernir con colegas, por ejemplo, en relación a la selección de material literario. Por ejemplo, hace algunos meses debía seleccionar junto a una compañera de trabajo (apoyo escolar en un barrio en extrema vulnerabilidad de la ciudad de Santa Fe) material literario para un grupo de niños de 6 a 8 años. Mi propuesta fue la narración del cuento “La Bruja Winni” (que para mí nunca va a ser Winni, sino Berta, porque así se llamaba cuando me lo contaron a mí de pequeña), un cuento divertido, lleno de color y que, en lo personal, había dejado una marca en mi infancia. Me costó mucho tiempo entender el porqué de la elección de mi compañera (recuerdo sus palabras… No Romina, ya no soy chiquitos para ese tipo de cuentos, ese cuento contalo “solamente en el jardín”), pero fue así, con el tiempo tuve que “amoldarme” a su elección, y es verdad, no todos podemos coincidir en gustos, criterios de selección y demás. Pero debo ser sincera, hasta el día de hoy me cuesta entenderlo… tiene tanta gracia ese cuento…tanto color…. Tanta simpleza e ingenuidad… y seguramente debe ser porque fue el primer libro que me regalaron mis abuelos y el primero que leí en mi vida. Con ese libro comenzó mi camino como lectora. En otras palabras, un texto con historia, que dejo inevitablemente una huella, una marca en mí.
                Otro aspecto que me pareció importante e interesante a mencionar fue la cuestión de “nuestros libros”, es decir, argentinos. ¿Por qué solamente se considera al “Martín Fierro”? ¿Acaso no hay escritores argentinos que merecen ser reconocidos de la misma manera y que sus libros lleven la misma impronta? ¿Por qué el Martín Fierro y no otro? Además, más allá de que este bien o mal (¿qué es lo que se considera que esta bien o mal?) la enseñanza en las escuelas de este libro… lo importante radica, a mi parecer, en el cómo se lo “enseña”. Una actividad obligatoria, sin sentido, “sin alegría” - como dice Borges- exacta (responder lo que dice exactamente el escrito), con preguntas y respuestas solamente, de manera escrita y no oral.
                De todas las cuestiones que manifiesta sobre los libros (sus libros y otros, sus gustos por determinados libros y escritores) esas dos fueron las que más me llamaron la atención y pude reconocer rápidamente en lo cotidiano de mi vida. Y es ahí donde me paro y digo, menos mal que elegí Borges, primero porque me animé a una lectura “difícil” (¿y por qué no podría hacerlo?) y segundo porque reconocí que en todos nosotros hay un Borges, en nuestra vida cotidiana reconocemos a Borges. Continuaré y espero que todos continuemos construyendo nuestro camino como lectores y escritores (en otras palabras, que nunca termine, que sea continuo, que construyamos herramientas para poder desempeñarnos cada día mejor en la vida, porque no solo leer y escribir se traslada al campo de lo laboral…)


Lucia,Maria delCarmen,Ludmila,Marcela,Nadia,Agostina


UNL - Licenciatura en Educación Inicial y Primeras Infancias
Seminario: Alfabetización
Profesores: Baldengo / Arias
Cohorte: 2014

Escrito a partir de “El Libro” de Jorge Luis Borges
Alumnas:
·         Ballesteros, Lucía
·         Boiero, María del Carmen
·         Canoves, Ludmila
·         Di Battista, Marcela
·         Goralski, Nadia
·         Rozzatti, Agostina

Decidimos leer por párrafos y compartir aquello que nos inspiraba.
“El libro”: nos abre la imaginación, la curiosidad, nos mantiene viva la intriga, es más importante que lo que nosotras pensamos, nos abstrae de la realidad para sumergirnos en aquella historia que estamos leyendo, ya sea una historia (real o ficticia) o un libro en general que nos atrape.
Frente a las primeras impresiones que expusimos, nos dimos cuenta que el autor tiene las mismas acerca del “Libro”: memoria de la humanidad, imaginación, que no recuerda al pasado. El libro, es eso, eso que sucede a la palabra oral.
El texto dice que la palabra oral se diferencia de la escrita. Valora la oral como alada, liviana, sagrada, y a la escrita como muerta pero duradera, y es eso lo que consideramos, “Duradero”, porque la lengua escrita nos permite preguntar y repreguntar al texto.
El autor habla que aquellos autores de palabras orales han  sido grandes maestros, como los filósofos. Pero, el libro puede también no decirnos nada.
“Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño”  Nos impactó esta frase de San Anselmo, tratada en el texto, como así también  la que dice que “un libro no debe revelar las cosas, sino que un libro debe simplemente ayudarnos a descubrirlas”.
Coincidimos con el autor que los libros no son para ser entendidos sino para ser interpretados.
Estas frases textuales nos interpelas, dando respuestas a las dudas que el mismo texto nos sugería.
Todo texto escrito pareciera estar justificado  del “por qué” de cada decisión que el autor ha realizado.

Como el autor lo expresa casi al final de su texto, “la desaparición del libro es casi imposible, un libro se lee para la memoria” y nos sorprende, como dice Montaigne, que la lectura obligatoria es un concepto falso, asintiendo junto al autor que  “la lectura es una forma de felicidad”.

Jesica

Licenciatura en educación Inicial. Cohorte 2014
Alfabetización Inicial.
Jesica Rudi.

En la primera hojeada que uno hace antes de leer y elegir el texto, leía entre renglones y párrafos para tener una idea de que trataría y no entendía bien cuál era la temática. Nos fuimos al sol con el grupo de compañeras a leer, buscando un lugar más silencioso donde concentrarnos y más cálido en temperatura. Comenzamos la lectura y me vi inmersa entre palabras que no conocía el significado, como baldada, menhires, snob…
Me sentí atrapada desde el punto en cómo valora Sartre a la literatura, inmersa en frases que realmente reflejan el importante lugar que tenía esto en su vida. Como cuando cuenta que no sabía leer pero ya reverenciaba esas  piedras levantadas y que sabía que la prosperidad familiar dependía de las mismas. Me impactó como muestra que para él la literatura es sinónimo de sabiduría, ese sentido de que es necesario para desenvolverse en la vida, que leer o incluso hasta tocar los libros era honrar sus manos. Que valioso!! Me llamó la atención como  se interesaba por que llegue ese momento tan esperado de que su abuela le lea un cuento, como expresa ese “descubrir la desnudez de sus órganos interiores” para hacer alusión a los libros antiguos y guardados en la sublime biblioteca. Ese momento en que todo era un ritual, sentarse junto a la ventana llenándose de un “silencio sagrado”, otra cuestión importante, el valor al silencio. El texto me sumergió en esas situaciones, experiencias que me hubiera gustado que sean parte de mi infancia. Si bien, desde muy pequeña siempre tuve ese contacto con libros de cuentos y demás, hasta tenía mi cajón de cuentos, no recuerdo haber tenido todo ese ritual que implicaba esperar ansioso el momento de lectura o narrado de cuentos. En mi hogar no era común la lectura por placer, los libros adultos que se veían eran de estudios y era una lectura con el fin de aprender sobre… y los cuentos eran “leídos” por mi hacia mis hermanas menores, aún desde que era lectura no convencional (DIBUJOS).
Admiro la valoración que hace Sartre cuando los llama objetos santos, y tan respetables! Al igual que el momento que aunque sea contemplaba con éxtasis el mirar la biblioteca desde una silla. La contraposición entre su abuelo y su abuela en cuanto a la postura o el lugar que cada uno daba a la literatura, ese dialogo entre ellos donde la abuela dice que leyendo para adentro, como quien pide la cosa, así no más.. no entendería. Da a entender que es necesario ese perpetuar en la lectura, ese ir y venir de un renglón a otro, volver a leer, y releer un párrafo para interpretar bien el texto. Que hermosa sensación transmite! Y cuanto anhelaría yo tener ese interés y ese entusiasmo por la lectura.

El momento de narración de cuentos de hadas con su mamá, no era tan metodológico como las lecturas con su abuela. Pero sí era algo cotidiano, se presentaba siempre en el momento del baño. Y la sorpresa de que esas narraciones eran sacadas de los libros de la biblioteca, personajes y palabras emergidas de los cuentos… sorpresa o desilusión?? El editor de los cuentos y su lugar al descubrir este mundo de los libros, el razonamiento y cuestionamiento en medio de semejante sorpresa.  “el volverse sensible a las palabras,… el esperarlas… y dejarse sorprender” cómo quisiera yo sentir eso mismo de lo que expresa Sartre, y poder hacer míos esos pájaros y nidos como lo expresa el. Cuán lejos me siento de ese lugar, que tristeza no hacer formado parte de mi historia esos recuerdos y sensaciones.  Que sensación de vacío, de no saber, de necesidad o interés de sumergirme en ese mundo que es para mí algo tan lejano. Tal vez por la falta de tiempo, por las rutinas que corren contra relojes, por contratiempos propios del hogar, de los hijos, responsabilidades del trabajo que demandan y demandan tiempo. En fin… siempre queda lejos ese mundo en el que Sartre parece encontrar refugio y calidez. 

Emeri, María Belén , María del carmen, María Georgina , María Daniela

Escrito sobre el texto de J.P. Sartre “Las palabras”

La lectura nos llevó dos o tres momentos, costaba comprender al principio; nos deteníamos en cada párrafo o frase que nos sorprendía por su poder descriptivo, nos hacía oler, sentir, evocar…A cada momento teníamos la necesidad  de compartir todo eso que a cada una le surgía y, con emoción, nos escuchábamos, y nos alegrábamos en las coincidencias, prestando además mucha atención a las historias personales.
Descubrimos nuestra posibilidad de recordar y volver a vivir dos experiencias: el primer encuentro con la literatura (para algunas, el único, y para otras, especial, que inició una relación de una vez y para siempre con el libro), y el aprender a leer.
Recordamos a la perfección los adultos mediadores que cada una tuvo en su infancia, reconociendo con el texto la importancia que tuvieron en este maravilloso camino de descubrimiento. Además no pudimos dejar de sentirnos, como educadoras, importantes y responsables para los niños que tenemos en nuestras aulas año tras año y por supuesto, este re descubrimiento, nos dejó, una vez más, pensando…
Pensando también en nuestra propia historia, en nuestro propio recorrido, en nuestra relación con los libros, en cómo nos sentimos un poco alejadas de las nuevas tecnologías, rechazándolas,  cuando sentimos placer inmenso al recibir un libro de regalo, al elegir un libro, al abrirlo por primera vez, o al descubrir alguno de nuestra adolescencia o niñez, abrirlo, y con sólo su olor, recordar felizmente o tristemente, pero tan vívidamente, momentos de la vida.
Como para Sartre, sentimos que en los libros está la vida…nuestra, del otro, de nuestro país, del mundo…y ese valor incalculable es lo que deseamos transmitir desesperadamente  a nuestros hijos y alumnos. ¿Se puede enseñar el placer por leer? No, sólo transmitirlo con pasión…




D´amore, María Belén
Fossati, Emeri
Palacios Laviano, María del carmen
Parra, María Georgina

Sobrevilla, María Daniela

Ana (Hago consciente una experiencia de lectura, primer intento de ensayo)



Seminario: Alfabetización

Texto Fuente: Jean Paul Sartre “Las palabras”

https://riorevueltorosario.files.wordpress.com/…/sartre-jea…

(Hago consciente una experiencia de lectura, primer intento de ensayo)



¿Qué me hacés Sartre? Si estás describiendo la biblioteca de tu abuelo ¿Por qué tengo que recordar la mía? Ese compendio muy mezclado de colecciones completas de Lecciones de Cosas que iban desde Zoología y Botánica hasta la biografía de Thomas Alba Edison. Todo el enciclopedismo en un estante… Un estante que formaba parte de un mueble fabricado con recortes de machimbre que revestían el marco donde antes hubo una puerta. En realidad la puerta seguía allí, en los libros, y se transformaba en muchas puertas que llevaban a innumerables senderos aparentemente inconexos que poco a poco se transformaron en un laberinto muchas veces conectado a partir de autores, de temáticas y de estilos de escritura.

¿Qué me hacés Sartre? Si estás recordando cómo tu abuela cambiaba libros en la biblioteca y yo aun veo a mi madre yendo en bicicleta a la Popular del pueblo a dejar novelas históricas del franquismo y traerse Mujeres tenían que ser de Felipe Pigna. ¿Por qué me hacés recordar a mi querida nona que todos los domingos me mandaba a la feria del barrio a cambiar la Corín Tellado? Las novelitas del corazón tantas veces bastardeadas que la hacían escapar, al menos por momentos, de una vida apática, cargada de dolores físicos. Ella sí que sabía lo que son los “intersticios”. Durante horas leía con la luz de la siesta que se filtraba entre las maderas de la persiana, para no despertar a mi abuelo. Seguramente imaginarse a Constanza apeándose del carro y encontrándose en un abrazo y un beso con Jordi era el clímax de una búsqueda insaciable de palabras que llevaran a un final feliz. Ella tuvo más suerte que yo, que leí María de Isaac que jamás se besó con Efraín.

¿Qué decís Sartre? ¿Qué descubriste estupefacto, la explotación del hombre por el hombre? ¿Qué tu abuelo se quejaba del mal pago del editor? Yo viví los Bonos Federales en Entre Ríos, a principios de siglo, en realidad eran más unitarios que nunca, la época del sálvese quien pueda. Hija de una enfermera y de un pintor de obra, desde niño explotado con duras tareas rurales a cambio de la comida. Un hombre “alfabetizado” a los 20 años haciendo el servicio militar, que “lee” la realidad mejor que muchos ingenieros y universitarios a los que la vida de los otros les pasa por al lado. Un hombre que me enseñó que el amor al dinero es la raíz de todos los males, que hay que amar al prójimo y también al enemigo.

¿Qué me hacés Sartre? ¿Me relatás de tu madre contándote cuentos de hadas? Yo no recuerdo a mi mamá en tales lides, con turnos rotativos en un hospital era muy difícil, sin embargo tampoco recuerdo a mi madre haciendo muchas cosas más que leer. Siempre la veo con la mesa de luz repleta de textos técnicos vinculados a su profesión, de libros históricos y de novelas. No me leía cuentos, pero cuando tenía que recitar - “…Levitas de fino paño y hábitos de burda lana, corbatas muy ceñidas y muy desnudas gargantas…” – le preguntaba - ¿Qué quiere decir mamá? – y ella con toda su paciencia me respondía: “se refiere a la distintas clases sociales que estaban representadas en los congresales de Tucumán, ‘levita’ es un tipo de traje, ‘burda’ es ordinaria, tosca, etc. etc. A los nueve años, me llenaba de información y me remitía al Larousse Ilustrado, sin embargo, sin el anclaje y el vínculo con la realidad que me brindaba mi madre, hubiese sido imposible darle sentido, vida y calor, a mi recitado en la plaza del pueblo aquel 9 de julio.

¿Qué me hacés Sartre? ¿Decís “… los libros fueron mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campo”? ¿Qué queda para mí? ¿Cómo sos capaz de expresar lo que siento de un modo tan vívido? En un lugar sin sistema de cable, en una época sin internet, la biblioteca de machimbres fabricada por mi padre, era mi refugio adolescente, noches y siestas enteras entre muchos estantes, tantos como los que caben en el metro ochenta de una puerta. Por esas tablas desfilaban el genial y trágico Horacio Quiroga con su Gallina degollada, El Hijo, El almohadón de plumas, A la deriva y La cámara oscura que me remitieron a Edgar Allan Poe. El misterio y el terror se entre cruzaban con Cuentos basados en el teatro de Shakespeare, con Hamlet y la calavera de su padre, mientras El Rey Lear paseaba en Una noche de verano con El mercader de Venecia que se cruzaba con Romeo y Julieta que escapaban junto a Desdémona del celoso Otelo, sin caer en cuenta que su peor enemigo era Tartufo, el impostor.

¿Cómo me podría sorprender la lucha de las mujeres por sus derechos o reivindicaciones si leí Casa de muñecas de Ibsen y si les recitaba a mis incautos compañeros de tercer año, que me querían sumar a sus trofeos, las “Redondillas” de Sor Juana? La literatura y algunas convicciones siempre fueron mi arma de defensa, de seguridad, también de escape y de disfrute.

En mi primera Facultad leer Pierce y su teoría del nonágono semiótico o Saussure con su huella psíquica eran casi ine ntendibles para mí. Experimenté lo que era decodificar claramente cada palabra pero no encontrar un sentido conexo entre vocablos (solo quien haya experimentado esa experiencia puede saber lo terrible que es). En esos momentos pensé ¿Qué puede resultarme imposible si estudié Recuerdos de Provincia de Sarmiento para ganarme, en un concurso escolar, los “manuales” para el secundario? ¿Si leí Amalia, La maestra normal, La Cautiva y El Ingenioso Hidalgo… siendo adolescente? ¿Qué podría ser tan difícil? Releyendo textos y contextualizándolos logré descubrir a Descartes, a análisis de Sócrates, con su idea del concepto y del justo medio, reivindicando la duda como método de aprendizaje, al genial Walter Benjamin, a Adorno, a Barthes, a Foucault, a Kant, a Hegel, a Althusser, entre otros. Ellos fueron y son mis anclas para comprender y descomprender muchas cosas…

¿Qué me contás Sartre? ¿Decís que te satisfacía gustar y tomar baños de cultura? Por lo general no me encontré con mucha gente que quisiera disfrutar de un baño de este tipo, más bien con gente que solo pretende estar limpia o jugar al ‘como si..’

¿Qué decís Sartre? ¿Hablás de morir de éxtasis? Hoy seguramente tus palabras serían difundidas descontextualizadas, dirían que hacés apología de la drogadicción. Ocurre que son muchos aun quienes temen a las palabras y a su poder, quizás nuestro desafío esté dado en la resistencia para que ninguna lectura sea considerada jamás clandestina.


Santa Fe, abril de 2016


Ana Rita Villalba

Carla





Leyendo “la Palabras” de Sartre vuelven a mí las sensaciones que muchas veces me acompañaron a lo largo de mi vida al enfrentarme a la literatura. Ya desde pequeña, siendo una niña algo precoz en la adquisición de la lectura y acompañada de ese sentimiento perpetuo de soledad que nos acompaña a muchos que hemos tenido la suerte y la desgracia de ser hijos únicos, la lectura y los libros fueron para mí una sirena como la Odisea de Homero, con su canto de palabras me enamoraba, me perdía en los tiempos cotidianos , aunque obviamente no llegaban a hundirme… no era una literatura muy versada la que tenía a mano sino más bien pequeños titulitos acercados por el revistero del barrio… eso no abolía la sed de lectura y en muchas ocasiones, el misterio que encerraban algunas publicaciones. Nunca me voy a olvidar la imagen de mi madre comprando una revista de Perón al momento de su muerte: la tomó enrolladita, la escondió despacito y yo intuí que algo pasaba, que algo se tejía entre esas palabras y la vida de cada día y no pude entender hasta que pasaron los años… Muchas cosas no entendía al leer, muchas cosas no entiendo y me cansa al leer este texto… como algo que me apura, algo como el tiempo productivo que me corrompe y me aleja de esta práctica que fue en mi vida una manera de protegerme y de sublimar muchos miedos y soledades… leer el texto me recuerda a mi amado García Márquez que me enseñó la paciencia, la vuelta una y otra vez a esas palabras para entender, para contextualizar su obra, para amar la literatura nuestra, para amar lo que somos, para abrazar lo que nos cuesta valorarnos como latinoamericanos. “Las palabras” me traen al recuerdo dos grandes libros, tipo enciclopedias. Se llamaban “100 preguntas de la naturaleza”. Lo leí creo que más de 100 veces: aprendí cosas maravillosas: ¿Qué eran los cúmulos limbus? ¿ qué era una mantis religiosa? ¿que era una cadena alimentaria? ¿por qué llueve? y 96 maravillosas preguntas más. Y la enciclopedia universal: allí descubrí a los pintores famosos, sus obras, las imágenes de la antigüedad que me llenaban de miedo y despertaban mi curiosidad sexual. Recuerdo a mi bibliotecaria del colegio, tan remingada, con sus botas de caña alta marrones, acogiéndome en los recreos y prestándome para que yo misma tocara como un tesoro y, aunque sea por esos minutos, “Los cuentopos de Gulubú”. El libro tenía un forro de plástico transparente que hacía un ruidito especial cuando ella lo tomaba y sentada en una silla con sus piernas cruzadas, comenzaba a contarnos esas historias graciosas en la hora del cuento. Leer este escrito me trae a la mente esa imagen de la bibilioteca de Alejandría, de los secretos que allí vivían y que tan maravillosamente pinta con palabras la obra de Eco en el “El nombre de la rosa”. Y pensar en esa biblioteca me hace recordar a mi tío Juan, que en realidad era el marido de la tía de mi madre, un hombre extraño, un hombre que no era como los otros, un hombre que no me agradaba, era feo como un personaje de historieta pero fue como esa biblioteca y eso era lo que me gustaba de él. Tal vez precozmente pero de sus manos me llegaron un librotes enormes, muy amarillentos, muy viejos… pero que despertaron un mundo maravilloso mezcla de sorpresa, de sensualidad, de violencia, de vida… textos como Tarzán (pero el de verdad, no el de la Mona chita) y la mil y una noches… uau! Qué libro! “Las palabras” me recuerdan a mi preadolescencia: “Mi planta de naranja lima” y “El principito”, dos textos que me llenaban de tristeza… pero no podía dejar de leerlos una y otra vez… y así fue creciendo esta adolescente ávida de palabras, tal vez porque no las encontraba en otro lado, porque éstas palabras de los libros llenaban más mi vida que las palabras escuchadas. Pasada las épocas de las novelas románticas, eróticas de mi adolescencia, me animé a textos de Cortázar, de Borges, de Sartre… un hito de fracaso total…no entendía nada. Nunca más lo intenté… será una cuenta pendiente en mi vida. Ya mayor, me acerqué a otros textos como El quijote –que me costó un perú terminarlo-, los textos de Eco, Galeano, García Márquez, Benedetti, Pérez Reverte, Paco Urondo, fueron ampliando miradas, encontrando palabras para decir lo que sentía, para dar cuentas de realidades que a veces confusamente vivimos. Bueno, empecé este texto como un “tarea” que creí no iba a poder hacer. Tengo una lagrimita a punto de deslizarse, no sé si me enorgullece pensar que uno puede escribir, o de tristeza por todo lo que dejamos de crecer, de decir, de educar hacia nosotros mismos. Me siento feliz. Gracias Carla Andreta



Un encuentro, una puerta a otro tiempo Alejandra

Un encuentro, una puerta a otro tiempo. 
Cuando lo vi la primera vez tuve una sensación de incertidumbre que no era habitual. Sí, así fue. Era el más largo de los dos que me presentaron, pero eso no influyó tanto como lo que dos palabras me generaron.  
El día anterior escribí con mis compañeras unas breves líneas sobre el poder de la palabra y casi como encadenadamente llegó la confirmación de lo que habíamos esbozado anteriormente. 
El impacto de dos palabras me trajo lo que a varias personas más, la idea de lo que podía llegar a ser estar a la altura de lo que se nos presentaba, poder interpretar o comprender las producciones de dos grandes autores como Sartre y Borges. 
Si, definitivamente esas dos palabras Sartre y Borges me trajeron una multitud de sensaciones, que surgían de relacionar lo que en mi historia me había llegado de estos grandes del arte literario sin haber leído nunca una obra de ellos.  
De uno sabía menos, y eso fue lo que hizo la pequeña diferencia en la vacilación, en la inseguridad, en la incertidumbre y en  la dubitación de decidir a cual enfrentarme. 
A medida que las palabras se enlazaban entre sí los recuerdos de mi infancia comenzaban a hacerse presentes con una nitidez sublime. 
Recuerdos que se desempolvaban con sólo escuchar la cadencia armónica de esa composición. ¿Dónde estaban esos recuerdos?
Las imágenes que llegaban a medida que me apropiaba del texto me transportaban a un tiempo diferente, a mi infancia con mi abuelo. Y una vez sumergida en ella volvía a sentir la misma calidez con la que mi abuelo me hizo gustar de los libros. 
Su biblioteca rebalsante de libros, diarios y revistas estaba ahí mismo, en la conjunción del tiempo pasado y presente que las palabras habilitaron, y que me traían el olor de las glicinas que perfumaban sus poesías, el color amarillo intenso de los aromos de San Gustavo, pueblo natal de mi abuelo; el crujido de las maderas de la pasarella vacilante del arroyo; el reflejo de la luna en la oscuridad absoluta de la noche del campo... 
Él era escritor, periodista e historiador pero para mí, mi abuelo era el que le daba vida a las historias más asombrosas de mi niñez. El que con una seguridad en su trazo asentaba con tinta negra líneas que subían y bajaban, se rodeaban, se separaban y se juntaban según el caso. Su forma de escribir era un deleite para mí... sabía lo que venía después... la lectura de lo que había escrito.  
De sus siete hijos mi padre era quien lo hospedaba cuando no andaba bien y para mí eso tenía un valor aparte: la exclusividad de tenerlo en casa para escuchar sus lecturas a la siesta y a la noche. Sí, todas y cada una de las siestas y noches durante su estadía en mi casa. 
Él me leía libros que yo elegía por el color de su tapa, por el diseño de sus letras, por el olor a viejo de sus hojas...por las historias que contenían. Mis preferidas eran las poesías y las leyendas del campo. 
Disfrutar de estar con él y los libros me permitía sentir cómo era la vida del campo a través de las lecturas. Ellas desplegaban  la casita de barro de los horneros, el cielo de jacarandá y lapachos, la frescura de la galería de una vieja casona, las apariciones del carlanco...En fin, el momento de las lecturas era toda una celebración donde la palabra manifestaba su maravilloso poder, el de crear un espacio y un tiempo donde todo es posible. 
Pero... perdón... me fui en los recuerdos que Sartre en “Las palabras” me trajo en este primer encuentro con él, y con mi abuelo, y ...  
Puedo decir que una puerta se abrió a otro tiempo, pude revivir mis comienzos en la lectura mediada por mi abuelo. Pude degustar nuevamente del descubrimiento del lenguaje escrito en mis primeros años y sentir que esas experiencias, aunque muchas veces estén escondidas pueden resurgir por el poder de las palabras. 
Y sigo pensando...y pienso en la importancia de contar con esa posibilidad que nos brinda la lectura y la escritura en  nuestras infancias, iniciándonos a nuestra cultura, presentando ante los ojos de nuestras recientes almas la humanidad, habilitando múltiples formas de sentir, pensar, decir.... al apropiarnos de los textos.  

                                           María Alejandra Córdoba.